El fin de la escritura, de Fernando Peirone, es un libro pequeño pero de una potencia enorme. Uno de esos libros (como La doble rendija: Autofiguraciones científicas de la literatura en el Rio de la Plata, de Luciana Martínez) que me producen un gran impacto. Me conmueve la habilidad de condensar un vastísimo corpus de saberes y conocimientos en un texto legible para un lector no universitario como yo.
Compré El fin de la escritura casi de casualidad: lo vi en un Yenny de Florida, que supo ofrendarme más de una ganga. El día anterior había leído una brevísima reseña (no exagero: me refiero a esos comentarios de tres párrafos que tanto circulan) que me había llamado la atención. Pero, sobre todo, lo que me llevó a comprarlo es –como diría Laiseca, a quien tuve muy presente por estos días, porque leí este texto de Quintín, que a su vez me llevó a Centro y periferia, el artículo de Alberto que hace un par de años difundió la revista Bache– una vaina personal.
En dos mil diecinueve, sin trabajo y a punto de que se me acabaran los ahorros, empecé a dar talleres de escritura. No me gustaban los talleres. En rigor, nunca había ido a ninguno. En ese momento no encontré otro modo de sustentarme y supongo que, también, como ya había empezado a dudar de mis certezas, quería evaluar la posibilidad de estar equivocado (y algo de eso hubo). No estuve contento aquella primera temporada: trabajé muchísimo y si bien el intercambio con los talleristas me resultó muy atractivo, había algo que no me cerraba. Una sensación de impostura: no de dar taller en sí, rol en el que descubrí que efectivamente tenía algo para dar, sino en abordar los temas y materiales que estaba abordando. Conseguí trabajo. Suspendí los talleres. Pero luego, no recuerdo bien por qué, abrí otro: un grupo reducido con tres chicas (de las que quedaron dos) con las que ya había trabajado. Trabajamos intensamente durante un año, en una cursada que fui, de a ratos, improvisando según algo que no sabía en ese momento bien qué era pero ahora, puedo decir, sospecho que se trataba de una pasión: una renovada pasión por la escritura (nótese que no digo literatura).
Esa renovada pasión es fruto de un proceso largo, pero con mojones claros, evidentes, entre los que se destacan Aira, Alberto Giordano, Silvio Mattoni y la ya mencionada Luciana Martínez. El fin de la escritura, de Fernando Peirone, viene a integrar esa lista que revitaliza mi entusiasmo por compartir todo lo que hay en la escritura y solemos dar por sentado, todo lo que, históricamente, está contenido en la palabra escrita como herramienta de creación, y todo el pasado humano con el que podemos conectar, si somos medianamente conscientes de él, cuando escribimos.
Para arrancar, algunas peculiaridades: los capítulos están titulados con emojis; la bibliografía y los agradecimientos vienen en sendos QR; hay alguna que otra fotografía y algún que otro esquemita visual; hay siete páginas, de la setenta y siete a la ochenta y cuatro, que son, en sí mismas, una clase magistral que justifica que cualquiera que esté leyendo esto salga corriendo a comprar el libro. En estas páginas Fernando explica que cuando las imprecisiones gestuales y guturales que habían caracterizado la comunicación humana empezaron a quedar atrás con las primeras manifestaciones del lenguaje, la palabra experimentó un proceso transformador de cuatro momentos: 1) el período mítico, en el que participa activamente de la creación, 2) el momento bíblico, en el que se convierte en instrumento de la creación divina, 3) la fase en la que deja de ser un pictograma y se transforma en la unidad de sentido que articulará la narrativa escritural, y 4) el momento en que Occidente la asume como una herramienta de conquista tan potente como la espada.
Lo que sigue ya no tendrá la forma del comentario o la glosa. Ni siquiera de la cita, mucho menos de la traducción. El de Peirone es un libro corto pero lleno de ideas, que leí a lo largo de varios meses: un desafío, el de la continuidad, que sostuve sin pesares. Una lectura apasionada que aprendió la lección que Aira dice que cuenta el cuento de la lámpara de Aladino: el aprovechamiento racional del don. Como tal, no puedo más, ni menos, que compartir, a modo de testimonio, lo que me salió de su lectura: una mezcla de toma de notas, desarrollo de ideas propias, re-elaboración de otras ajenas (más no sea para aprehenderlas, internalizarlas) en un registro que no se preocupa demasiado por diferenciar cuándo dice quién.
Me concedo que mis lectores sabrán disculpar la falta de pericia, admitiéndola ante la pervivencia de mi entusiasmo.
La cosa empezaría, más o menos, así: alrededor del 3000 a.C., a expensas de las energías natural, animal y humana, se fue configurando un estrato dirigencial que asumió la tarea del resguardo y control comunitario. Fue la condición de posibilidad para la conformación del orden burocrático y la instrumentación de la guerra con el fin (…) de evaluar y planificar la anexión de nuevos territorios junto a sus respectivas riquezas y mano de obra esclava. La reconstrucción histórica de ese período indica que nada de eso hubiera sido posible sin la promoción de un cambio decisivo en el papel que desempeñaban la mujer en la sociedad y la figura de la madre en la religión.

El varón habría promovido un movimiento de doble esclavización: puertas adentro, hacia la mujer; y puertas afuera, hacia los nativos de tierras inexploradas. Cuenta Peirone que, en Anatomía de la destructividad humana, Erich Fromm fija este momento de la humanidad a la luz del poema babilónico Enūma Eliš, del silgo XII a.C., en uno de cuyos pasajes se cuenta la rebelión de los dioses viriles contra Tiamat, diosa femenina identificada con la naturaleza y la feminidad como La Gran Madre. En el pasaje, un cónclave de dioses masculinos decide reconocer como rey a Marduk a partir de la eficiencia de su palabra, después de descubrir que «lo que decía, lo creaba». Mediante la palabra creadora, Marduk (nombre que, en Evangelion, tenía el instituto que reclutaba los pilotos adolescentes de los robots que luchaban contra los ángeles) desplaza a Tiamat y se asume como Dios Supremo: un Dios varón que crea el universo por medio de la palabra.
El poder de la palabra y la boca del varón (como aparato fonador) se imponían así, en este mito y en el mundo, sobre el útero y la creación natural de la tierra y de la hembra. Esta inflexión sería el puntapié que desencadenaría dos acontecimientos fundantes en la historia contemporánea: el monoteísmo patriarcal de las religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islam) y el poder de la palabra como instrumento de control, predicación y dotación de sentido.
La humanidad renegaba de los instintos (que pasarían a ser considerados propios del reino animal y no de los seres pensantes) y se entregaba al reino de las ideas.
El varón quedaba a cargo de la gobernanza social, la defensa de los dominios propios y la conquista de nuevos territorios, a la vez que inhabilitaba a la mujer para ejercer el poder reestructurando su rol doméstico, identificándola con la fijación instintiva, la inferioridad física, la tentación pecaminosa y las fluctuaciones hormonales.
Este, según Peirone, es el primer golpe epistémico–político de la historia
Nada de todo lo anterior hubiera sido posible si, allá por el ya mencionado año 3000 a.C., no hubiera surgido la escritura. Fue la escritura la que le imprimió a la vida humana, de manera definitiva, linealidad: un artificio que no tiene representación en la naturaleza o al menos no lo tenía hasta entonces. La dirección unívoca e inequívoca que impone la escritura (en occidente, de izquierda a derecha) generó la idea de «trayecto», lo que alteró para siempre nuestra experiencia del tiempo. El imperio de la linealidad produjo los siguientes cambios:
entender dejó de ser un hecho súbito, menos un descubrimiento que una secuencia.
el método asociativo de la secuencia favoreció el surgimiento del pensamiento científico.
el progreso extrapoló la idea de «avance» en el trayecto, un recorrido teleológico en el que la meta se volvió el anhelo principal.
como consecuencia, se instauró la instrumentalización de objetos, animales y personas.
nació la Historia, como una adaptación conceptual de esa temporalidad lineal, cronológica y secuenciada.

De acá salen las tradiciones y la cultura que se imprimen en el sujeto al nacer. Lo que había sido destino se transformaba en orden causal, eslabonado y lógico: pasado → presente → futuro. La escritura se afianzaba como la narrativa social dominante del sistema logos, que venía determinando la vida humana durante los últimos cinco mil años.
A fines de los noventa, con el surgimiento del hipervínculo (es decir, la posibilidad de ramificar la escritura, y por ende la lectura, y por ende el pensamiento, en múltiples y simultáneas direcciones), la escritura vislumbró su final y, con él, el de la narrativa social dominante que en ella fundaba.(Tal vez no por las razones que él sospechaba pero) Fukuyama tenía razón.
Ahora, una selección de ideas que, aunque no encuentro una mejor expresión narrativa, más homogénea con el resto de este texto, no puedo dejar de mencionar.
Escribir proviene del latín scribere, que a su vez deriva de la raíz indoeuropea skibh que significa arañar, rayar, escarbar. En latín se usó para referir la acción de grabar con un punzón sobre una superficie sólida o arcillosa. Leer deriva del griego légen cuya raíz se remonta al indoeuropeo leg que significa escoger, elegir, seleccionar.
Cuando alguien escribe pasa a ser coautor de un sistema de comunicación en el que el autor habla y a la vez es hablado: eso sucede cada vez que alguien lee lo que escribió otro. Ese otro, el autor, es hablado por el lector. La escritura alfabética, como la palabra de Dios, introyecta sentido externo in absentia, es decir, en ausencia, solo que en términos seculares en vez de religiosos. Y esta operación es la misma que luego referirá Lacan en relación con el inconsciente. La escritura es la prolongación técnica del logos. La gramática es la prolongación de Dios.
La escritura alfanumérica inscribe al autor, aún a su pesar, en una historia y una estructuralidad que han resistido todo tipo de embates, incluso los de rebeldes célebres como el conde de Lautréamont, Lewis Carroll, Witold Gombrowicz, Osvaldo Lamborghini y el movimiento surrealista. Porque enrola al autor en un orden en el cual inexorablemente cumplirá una misión que lo trasciende haciendo que arrogue y ordene su mensaje en el marco de un sistema-logos que el lector sabrá interpretar porque lo incorporó en el momento en que aprendió a leer.
El texto que llega al lector es una adaptación de ideas que el autor expresó condicionado por un marco acotado de reglas gramaticales, y por lo general, bastante alejado de la ilusión comunicativa que motivó el texto.
Quizás por esto, agrega el propio Peirone en una nota al pie, la lista de suicidas entre los escritores es infinita en relación con otras ramas del arte.
Con la lectura, la fantasía ligada a lo público por el carácter oral de la palabra, se individuó. Esto produjo cierta pérdida de la consciencia para conectarse con lo sagrado y lo místico. La lectura empezó a consolidarse como un ritual individual, un fenómeno cultural masivo, con posibilidades de disfrute, alrededor del siglo XVIII, casi tres mil años después de que surgiera la escritura y más de trescientos años después de la invención de la imprenta.

Muy bien, ahora retomo el ritmo, tono y forma habitual de este comentario.
Según Peirone, insisto, la primera novedad, lo que empieza a romper el sistema-logos en el que vivíamos, es el hipertexto, el hipervínculo, que trastoca la linealidad por una multidireccionalidad y una superposición de sentidos y direcciones interconectadas y simultáneas. El volumen de información y la potencialidad de las (inter)conexiones que habilita internet conducen necesariamente a la multiplicidad, lo que atenta contra el orden establecido (…). La multiplicidad erosiona el principio de autoridad y pone en cuestión el fundamento de todo orden institucional.
En paralelo, aparece el concepto de usuario y el diseño se vuelve prácticamente cien por ciento digital. El diseño digital crea las aplicaciones y las redes sociales, de las que surge «la esfera tecno–pública» hecha, al menos en parte, por personas que tenían un rol pasivo o intrascendente en la vida offline antes de la revolución del link. Una nueva casta que se volvió protagonista a fuerza de: 1) discutir temas sensibles de manera provocadora; 2) buscar golpes de efecto captando la atención con cuestiones que no necesariamente la ameritan; 3) estimular interacciones endogámicas orientadas a la exaltación de identidades o nichos.
Esto empoderó a una parte de la población que vivía en el ostracismo, a la vez que legitimó a quienes, en el pasado reciente de la cultura, habían sido más bien outsiders (los que no se murieron, deprimieron o enloquecieron). Twitter, YouTube y los foros de opinión y discusión reemplazaron a la esquina y a la revista. Y, en parte, empezaron a estar hechos por los mismos que habían parado en esquinas y hecho revistas en los noventa. Muerto el periodismo como un modo de vida paralelo para escritores, artistas y gente de la cultura en general, al ver que ya no era posible prolongar su modo de vida, se rindieron ante estos nuevos espacios para evitar desaparecer de una esfera (ahora tecno)pública que se estaba esfumando con ellos. Esta nueva realidad mediática fue apoyada financiera y logísticamente por el conservadurismo que vio allí a posibilidad de erosionar los consensos sociales que los noventa, aun con todo el potencial destructivo del consumo, no habían logrado desestabilizar. El resultado, primero, fue el auge de las teorías conspirativas y, ahora, cierta revitalización de los ídolos muertos: Dios, Patria (en lugar de Estado) y Familia.
Veremos qué sigue.

Con El fin de la escritura, lo que Fernando Peirone viene a decir es que estamos en el medio de un evento histórico de semejante magnitud que para encontrar una mutación de impacto similar para la especie humana hay que remontarse al siglo VI a.C., con el agotamiento del período mítico, el ascenso del logocentrismo y el afianzamiento del patriarcado.
Una nueva narrativa social dominante está empezando a determinar nuestra existencia.
Y no hay ni desarrollos teóricos ni actualizaciones institucionales que puedan acompañarnos.
Esto está dicho así, enunciado prácticamente de la misma manera, en el prólogo.
En los márgenes de lo que fue mi primera lectura encuentro un desafiante ¿Tanto? que expresa lo refractario que estuve inicialmente ante este tipo de máximas rimbombantes con las que suelen deleitarnos las ciencias sociales. ¿Qué será la narrativa social dominante?, me pregunté. Seguí leyendo, y menos mal. Porque Peirone dedica casi todo el libro a responder esa pregunta (o, en todo caso, a explicar todo lo que hay, todo lo que él pone en ese término) y a exponer con erudición y vocación docente, las tramas que fueron haciendo posible sus tres versiones a lo largo de la historia humana: la sociedad prelogos, la sociedad logos y la sociedad poslogos (que son, también, las tres partes del libro, constituida por nueve, ocho y dieciséis capítulos, respectivamente, todos nomenclados con emojis).
Nadie debería dejar de leerlo.
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