Desde el título hasta la contratapa, Del matrimonio como una de las bellas artes (Julia Kristeva y Philippe Sollers) promete la centralidad de uno o dos temas (el matrimonio, la relación de pareja, diremos, acaso las bellas artes) que finalmente no aparecen más que tangencialmente.

El libro contiene una entrevista a ambos, una conversación moderada por Collette Fellous (el mayor texto del libro), un ensayo breve de Kristeva sobre Sollers y otro encuentro, de apenas mayor extensión que el ensayo, moderado por Bernardette Bricout. Las instancias originales en las que se produjeron estos textos son en parte responsables del incumplimiento del título. En general más que el matrimonio o la vida de a dos, lo que leemos es una suerte de celebración mutua del singular encuentro de dos personas.

No es que esto sea poco, para la vida, pero tal vez lo sea para un libro de no ficción, para una miscelánea que no es ni ensayo ni filosofía ni material periodístico de calidad. Si las conferencias y encuentros que dieron origen a este libro se hubieran realizado en esta década, sin dudas serían unos buenos video–ensayos con gente en situación de cultura hablando.

Muchas veces lo peor de un libro termina siendo lo mejor de un libro. Si la experiencia de lectura terminó siendo grata para mí, además de mi disposición a no abandonarla, se debe más a la capacidad comunicativa y el encanto de los autores (con una moderada ventaja para la búlgara, que sale mejor parada) que al libro en sí, quiero decir, a la compilación (caprichosa, en el mejor de los escenarios) que lo justifica como tal.

Las instancias comunicativas de estos textos, insisto, las situaciones enunciativas en la que se produjeron los discursos que el libro reproduce, son lo que define el tono del libro: un leve tufillo a auto condescendencia y celebración. Como una veneración crónica que, mutuamente, se profesan, lo autores, las moderadoras, los entrevistadores, todos entre, para y por sí mismos. Una atmósfera discursiva sesentona que me remitió directamente a su parodia en ese serión injustamente ignorado de HBO que fue Here and now.

No obstante, decía, el libro deja unas cuantas cosas para pensar o rumiar, uno mismo o con otros. He aquí las que me dejó a mí (casi en forma de lista).

Dos frases de Sollers: Dos personas que se enamoran son dos infancias que se entienden mutuamente y El matrimonio es el pleno reconocimiento del otro como otro.
La convicción de que solo se puede hablar de amor presuponiendo la plena autonomía (social, emocional, financiera) de cada integrante de la pareja.

La respuesta de Kristeva cuando le preguntan si es celosa: No me gustan lo suficiente las otras mujeres como para sentir eso.

La idea de Sollers según la cual la experiencia sería un tipo de conocimiento, uno de los modos de aprehender el mundo (como la razón o la intuición, por ejemplo). A la que podemos anexarle la peculiar manera en la que su esposa la asimila a la consciencia: En tanto es una experiencia, la consciencia “vive”, la vida de la consciencia pasa por la construcción-deconstrucción de la unidad-identidad, sea de la consciencia, del sujeto o del objeto.

La idea de Kristeva de Cultivar la creatividad como una forma de resistencia a la masificación en curso: todos existen “en comunidad” (mujeres, gays, burgueses, proletarios), el individuo hace mutis por el foro, y así se olvida que la libertad se conjuga en singular (nada de nadie se salva solo).

Otra de Kristeva: Es la capacidad de “psiquizar”, si se me permite el neologismo, la que está en crisis: la aptitud de “expresar en palabras” la excitación, la angustia, el trauma. De “representar” aquello por el medio que sea: pintura, música, danza, deporte; pero, sobre todo, de nombrarlo. Pues el lenguaje no solo puede desplazar la presión, aliviándola, sino también interpretarla y compartirla eventualmente con la capacidad respectiva de un compañero o pareja. Sin esta modulación, el espacio interior se vuelve más estrecho, se deshace, y la pulsión se vuelve contra el individuo, que explota desarrollando una enfermedad psicosomática, si es que no se convierte en una bomba humana, un kamikaze: el humano se despersonaliza hasta que de él no queda más que un arma de destrucción.

 

Hay una idea a la que ambos vuelven varias veces y que, si bien se lee, es la más presente a lo largo de todo el libro (mucho más que el arte o el matrimonio): la del valor o la importancia de la experiencia del exilio que, a pesar de las singularidades que pueda tener en lo autores, es abordada desde cierta universalidad. Como si todos fuéramos, un poco, exiliados. Así, por ejemplo, resume Sollers el trayecto vida en familia→soltería→vida en pareja: El individuo dentro de una familia surge como excepción, se calla, aprende el arte del disimulo, se siente un exiliado del mundo que le rodea, es un extranjero, después, dos extranjeros singulares se encuentran, tienen un montón de cosas para contarse de su propia singularidad, y siguen hablándose bajo la forma de un matrimonio que no se parecerá a ningún otro.

Finalmente, dos notas sobre la escritura:

Sollers: Cada escritor vive la experiencia del exilio cuando se sustrae de su propia humanidad para escribir.
Kristeva: La escritura como un destino y un proyecto. Y, en relación a ella, ponderar el valor de la entrega, inherente al amor y superior a la excelencia.

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